Cuando llegué a la entrada de la oficina, me topé con dos hombres de seguridad pendientes de la puerta, estaban armados y con una expresión seria en sus rostros.
Supuse que el asunto se volvió serio y que por fin sería el final de Agatha.
—Nombre —hablaron al unísono.
—Eh, Ximena Foster —respondí.
—Tienes derecho a entrar, pero no podemos dejarla salir a menos que Eric nos dé la orden —comentó uno, con la postura firme.
—Entiendo.
Después de eso, me abrieron la puerta y troté, pero me detuve en