La cena avanzaba como una procesión lenta y ritual, aunque todos fingían normalidad. Los cubiertos chocaban contra los platos con un ritmo regular y constante, los frijoles espesos relucían en el fondo de la sopera y la carne guisada, con su salsa espesa envolviendo las papas tiernas, desprendía un aroma que recordaba a los domingos de la infancia. Maria, inquieta y orgullosa, iba y venía como una anfitriona solícita, reponiendo el maíz cocido, acomodando las ensaladeras y lanzando miradas haci