El primer miércoles de noviembre, Leo me llama a las ocho de la noche.
Los niños esta semana con Diego. Leo no suele llamar entre semanas cuando está con su padre. Cuando llama, es porque hay algo específico.
—Leo. ¿Pasa algo?
—No. Tengo el nombre.
Estoy en el salón. La estantería enfrente. El helecho. Los sobres. El cuaderno marrón.
—¿El nombre del rascacielos?
—Sí.
—¿Cuándo lo supiste?
—Hace tres días. Pero quería estar seguro antes de decirlo.
—¿Y ahora estás seguro?
—Sí. —Una pausa. —¿Puedo