Thiago llegó hasta donde estaba su chica y, aprovechando que el guardia estaba distraído, la tomó de la mano y le pidió que lo acompañase.
—¿De qué te escondes? —cuestionó—. ¿Acaso te da vergüenza que yo sea tu esposa?
—No. Tengo miedo de que se enamoren de ti y me abandones. —Bromeó en respuesta.
—Idiota. Traje tu almuerzo para que no gastes dinero comprándolo. Me disculpo por haber sido descuidada y no haberlo preparado esta mañana.
—Lamento tanto que no te hayan permitido entrar. La empresa