167 (Final) - Justicia y paz
Alejandro estaba sentado en el amplio y austero mueble de su mansión, el respaldo de cuero negro lo abrazaba con frialdad. El sol de la mañana entraba a raudales por los ventanales de piso a techo, iluminando el jardín que se extendía impecable frente a él: setos perfectamente recortados, fuentes que murmuraban suavemente y flores que se mecían con la brisa, como si la naturaleza se burlara de su estado interior. Tenía el teléfono en la mano, y la pantalla brillaba con una noticia que le revolvi