Lo que más me asustó fue el estado de Baxter. Estaba sangrando, y no solo por rasguños o pequeñas heridas. La sangre le brotaba a borbotones.
—No, Baxter —susurré.
Me miró fijamente, sorprendido de que hubiera llegado. Luego, con una mirada de disculpa, inclinó la cabeza y así, en cuestión de segundos, el monstruo despegó.
—¡No! —grité, corriendo tan rápido como pude, pero ya estaba demasiado atrás.
El monstruo batió sus enormes alas, llevándose a mi esposo, mi apoyo, todo de mí como si nada.
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