Eran las tres y catorce minutos de la madrugada (hora newyorkina). James se levantó de su cama y salió de su habitación para dirigirse a la de su hija. Abrió la puerta con extremo cuidado, procurando que las bisagras no sonaran y la encontró durmiendo, tranquila. Se la quedó viendo por varios minutos, pareciéndole la niña más hermosa que había visto en su vida. Mucho de su encanto era debido a su madre, de eso no tenía dudas.
Cerró la puerta y regresó a su habitación. Se sentó en el borde infer