Algunas vendas cubrían las heridas de su espalda, esa mañana, después del habitual café con Bruna y sus amigas, está tomo un tiempo para cambiarle el vendaje.
Había desbloqueado un extraño presentimiento, algo pasaba con ella, al divisar la silueta de su espalda desnuda en el espejo casi queda shock.
No tenía marcas.
—¿Cómo puede ser esto posible, señora Bruna?, sentí sus garras afiladas rozar mis costillas, la sangre brotar de mí piel.
—Es maravilloso Angélica, por ahora, consideralo un mila