Benita
El hambre me carcomía el estómago, pero la vergüenza me mantenía pegada a la cama. Jamás me había sentido tan avergonzada. Vince estaba sin duda en la cocina. No había escapatoria.
Mi mente volvió a nuestro beso: la suavidad de sus labios, la forma en que mi corazón se aceleró cuando me atrajo hacia él.
Me lamí los labios, aún recordando la sensación.
—Benita, ¿no vas a comer? —preguntó Clarissa.
—No tengo hambre —respondí.
Mi estómago gruñó ruidosamente en señal de protesta. Cerré