—¿Kenna? —susurró él con un gesto de confusión—. ¿De verdad eres tú, Aideen? —Su voz salía casi como un susurro, como si él intentara convencerse a sí mismo de lo que estaba sucediendo.
Mis ojos estaban inundados por las lágrimas, mi corazón latía con fuerza, mis labios estaban apretados, ayudándome a mantener la calma.
—Sí, soy yo, Aideen… papá —dije con dificultad, porque si abría más mi bocota, terminaría siendo una fuente inagotable de lágrimas.
Me acerqué a él con pasos lentos, con cuidado