MICHAEL
—Repite lo que acabas de decir.
—Recibí la llamada hace treinta minutos, señor.
—¿Y?
—Se llevaron a Aliana.
—No.
—No, eso no… Collins, no. No dices algo tan serio como si fuera un maldito entretenimiento…
—Lo sé.
—¿Dónde estaba?
—Saliendo del restaurante donde se reunió con Luca.
—¿Cuál?
—Riverside.
—El que tiene cámaras de seguridad cada diez metros.
—Sí.
—Entonces, ¿cómo desaparece una mujer con dos conductores y vigilancia a plena luz del día?
—No desapareció. Condujo ella misma.
—¿P