Mundo ficciónIniciar sesiónPor Oliver
Me fui por donde había llegado, supuse que mi suegro ya estaría en camino, para buscar a su niñita.
No volví al bar, caminé directamente hacia mi Lexus.
El Land Rover de Luke estaba estacionado al lado de mi auto, por lo que fuimos hacia el mismo lugar.
-¿Le torciste el tobillo a propósito?
Me reí con ganas.
-No, ya lo tenía esguinzado, pero cuando busqué el punto para verificar que no haya rotura de ligamentos, se lo apreté, infligiendo cierto dolor.
Las carcajadas de mi amigo no fueron discretas.
-Lloraba como si la estuvieran matando, te juro que no era para tanto, es parte de su circo, de su manera de ser.
-Eres un hijo de puta, hazme acordar de no ser nunca tu paciente.
-Tu te lo pierdes, porque no hay un cirujano mejor que yo en toda la ciudad.
-Realmente paso, operarme no está en mis planes.
Nos saludamos y nos fuimos.
No estaba huyendo de mi suegro, pero no tenía ganas de verlo correr por su niñita, realmente desprecio a esa mujer.
Pasé por la casa de mis padres, cené con ellos y luego, junto a mi pequeña princesa, volvimos a casa.
Definitivamente estaba más tranquila cuando pasaba la tarde con mis padres y mucho más caprichosa cuando salía de la casa de mis suegros.
Entiendo que quizás la casa de Timoteo le trae recuerdos de su madre.
Tampoco puedo negarle a ellos el derecho de ver a su nieta.
Antes de que esto escale, voy a hablar con mi suegro, quiero entender que sucede.
Primero está la salud mental de mi hija y si de alguna forma, ella no está cómoda yendo allá, no irá más.
Siempre mi hija va a estar por delante de todos.
Tati nunca me expresó nada, y me doy cuenta de que está cómoda con sus abuelos maternos y también con mis padres se siente muy bien.
Sólo que cuando vuelve de la casa de mis suegros, surgen sus caprichos, puede ser una fase, una forma de decir que extraña a su madre y los relaciona con ella.
Era jueves y sabía que Charlotte iba a estar en su casa, porque no podía manejar con el tobillo en esas condiciones y tampoco podría apoyar el pie sin que le doliera y yo, realmente, no quería que conozca a mi hija en esas circunstancias, es decir, porque no tuviera otra opción.
-Tati ¿Te sientes bien? Tienes unas líneas de temperatura.
Saqué un termómetro y le tomé la temperatura, sabiendo que no tenía absolutamente nada.
Estaba manipulando a mi hija y mintiendo abiertamente, porque tenía que tener una excusa, con mis suegros, sin parecer despechado, aunque lo estuviera.
-No me siento mal.
-Pero tienes un poco de fiebre, es mejor que no vayas a la casa de los abuelos.
-Yo quiero ir.
-Por hoy cambiamos los planes, nos quedamos los dos en casa, viendo la peli de princesas que te gusta,
Sus ojitos se iluminaron.
-¿Te quedas toda la película sentado conmigo?
-Sí, por supuesto.
-¡Bien!
Le mandé un mensaje a mi suegro, para decirle que Tati no se sentía bien.
-Qué pena, justo Charlotte está en casa y la podría conocer.
-Claro, pero realmente, Tati no está en condiciones de salir, posiblemente no sea nada, pero es mejor que hoy descanse.
-Por supuesto, mándale un beso enorme, la vamos a extrañar.
-Ella también los va a extrañar.
Realmente no tuve ni un poco de remordimiento.
Charlotte no iba a conocer a mi hija en esas circunstancias.
Observé a mi hija que estaba mirando la película, abrazada a mí.
Ella es lo mejor que me pasó en mi vida y no iba a permitir que fuera una opción tardía para su insensible tía.
Mi hija no necesita migajas de esa mujer.
La acosté, leí un cuento y cuando iba por el segundo, se quedó dormida.
Me acosté temprano y como cada noche vinieron a mí los recuerdo de mi difunta esposa, recordé su dulce voz y suave risa, pero de pronto, todo eso se mezcló, como el punto en que el cielo se une con el mar, y otra voz y otra risa, apareció, avasallante, hasta que el recuerdo de Sheryl, le dio paso a esa risa excéntrica, y a una voz que era más fuerte, más potente, con más vida…
No podía apartar de mi mente ese sonido, y recordé algo que hasta ese momento traté de ignorar.
Era el perfume que usaba Charlotte, que me embriagó cuando lo olí, claro que estaba tan concentrado en buscar el punto para provocar el máximo dolor posible, sin lastimarla, que en ese momento pude engañar a mi propia mente, pero los engaños no suelen mantenerse por mucho tiempo.
Pasé a recordarla en medio de la calle, escandalosa, vanidosa, engreída, con ese cuerpo de pantera, moviéndose con esa sensualidad que la caracterizaba, parecía una escultura, por lo preciso, con su rostro perfecto, que parecía tallado en mármol, tan inmutable como las obras de Miguel Angel, sin embargó, en el fondo se adivina un fuego interno que parecía que iba a encender toda la pasión del universo.
No sé en qué momento me había levantado y frente al espejo del baño, miré mi pene rígido, vibrante y estaba así en honor de la mujer se llevaba todos mis desprecios.
Sin poder evitarlo y cerrando los ojos mientras la recordaba, me masturbé con un deseo que me carcomía por dentro.
Maldita lujuria, era como un ácido que anula mi mente.
Tendría que ser imposible que el deseo le gané a mis principios, al recuerdo de Sheryl y al desprecio que Charlotte demostró por mi hija.
Me derramé en mis manos, sabiendo que mi sangre no contenía ni un miligramo de amor, era como un cuchillo que me cortaba por dentro hasta desangrarme.
Era como un cóctel dulce y amargo y con suficiente alcohol para marearme hasta confundirme.
Cuando me tranquilicé no me sentía bien, pero convencí a mi mente que Charlotte representaba un deseo pasajero, porque esa era la imagen que ella proyectaba.
Mis pensamientos eran un torbellino y mi alma se sentía manchada.







