El agua caliente caía sobre mi piel, envolviéndome en una falsa sensación de calma, pero dentro de mí todo era caos.
El silencio de Jacobo había sido ensordecedor, tan abrumador que ahora resonaba en mi mente con más fuerza que cualquier palabra que pudiera haber dicho. Cada gota que golpeaba el suelo parecía marcar el ritmo de mis pensamientos, que se agitaban sin control, como un mar embravecido.
Quizás esto era el principio del fin.
Tal vez, al final, él decidiría marcharse, volver a México,