El chico avanzó con pasos medidos y miró la puerta a su espalda, sonrió al ver que no habían moros en la costa. Era medianoche, y la tranquilidad de la madrugada daba apertura a muchas travesuras, como la que estaba a punto de cometer en ese momento.
Salió por la ventana con un enorme entusiasmo, y se ayudó con un árbol que estaba justo fuera para descender al primer piso. Los guardias alrededor reían y charlaban, ocupados con sus fanfarrias y conquistas de mujeres y Omegas.
Salió furtivamente,