Me desperté a la mañana siguiente con un dolor sordo entre los muslos y un sabor salado y persistente en la lengua que ni con capas de café lograba quitarme. Cada vez que me movía bajo las sábanas, el roce de la tela contra mi clítoris inflamado me recordaba exactamente cómo me había poseído Xander.
Había sido brutal, posesivo y completamente descontrolado, y el mero recuerdo hacía que mi centro palpitara con un calor exigente e insistente.
Pasé una hora frente al espejo, eligiendo mi ropa como