La sensación era embriagadora. No se trataba solo del calor de su miembro en mi boca; era la pura y prohibida sensación de poder sobre la situación. Ahí estaba el profesor Xander, el hombre que se enorgullecía de su compostura de hierro, el hombre que se había pasado la última hora recordándome quién tenía el control, ahora reducido a un manojo de temblores por unos cuantos movimientos de mi lengua.
Y Marcus... el sereno y veterano profesor Marcus... estaba sentado justo allí, completamente aje