Era verano. El clima cálido golpeaba fuerte en las tardes europeas. Clarisse estaba sentada en una de las mesas de un hermoso restaurante francés. Estaba tomando un delicioso té y tenía una pequeña selección de postres que le había sugerido el chef. Cada vez que probaba el té preparado por manos expertas, lo único que podía sentir era un terrible sabor a aserrín que le hacía querer probar algunos de los pasteles frente a ella y el resultado seguía siendo el mismo.
Clarisse, se dio por vencida