—¡Presente ante Christian! —exclamó Jordi al ver a Christian acercarse, levantándose rápidamente para saludar.
—No hace falta tanta formalidad —dijo Christian con una sonrisa amistosa, haciendo un gesto para que todos volvieran a sentarse. Él mismo se acomodó en el sofá, con las manos entrelazadas sobre sus muslos robustos y firmes—. Somos viejos amigos, no hay necesidad de sentirse cohibidos.
—Christian, le estamos inmensamente agradecidos. No solo nos salvó de la situación peligrosa, sino que