Albert entró en la habitación y vio a Angelina luchando por liberarse de las cuerdas.
—Tsk... tsk... tsk —Albert entró en la habitación con las manos en los bolsillos.
Arrastró una silla y la colocó frente a ella. Se sentó en una silla, cruzando una pierna sobre la otra.
—Eres tan débil. No sé por qué Alexander te arrastró a nuestro mundo de la mafia.
—¡Déjame ir! —ella gritó y Albert agarró su mandíbula con fuerza.
—¡Cállate la boca o tengo muchas más formas de cerrarla! —le gruñó.
—Por favor,