3.

Primera noche.

-Roman. –Lo llamé por tercera vez, pero no me escuchaba. No sé cómo soporta escuchar música tan fuerte, yo alcanzaba a escucharla. Era una sinfonía de Beethoven, podía reconocerla fácilmente. Le hice señas en frente de sus ojos y fue cuando se retiró los audífonos y me miró. Había olvidado su mirada, era diferente lógicamente por lo mucho que ha crecido, pero es cierto lo que Lucila dijo, su mirada es intimidante, no me gusta, me hace sentir extraña. Hay cosas que no cambian. –Ven conmigo, te enseñaré tu habitación.

No respondió, pero sí me siguió cuando caminé por el pasillo. Esta casa es grande, tiene dos enormes habitaciones que fácilmente podrían haber sido tres y dos baños, es una casa antigua del estilo republicano, de principios de siglo y estas suelen ser bastante grandes, mi bisabuelo la compró en 1940, cuando el vecindario estaba en pleno esplendor. Tiene un árbol de roble afuera que lo plantó papá de niño y lo riego muy seguido, también hay muchas flores que cuidaba mi abuela y una pequeña palmera que yo sembré, que espero que pueda ser gigante. Adentro tiene columnas que soportan el material del techo blanco, enormes ventanales clásicos y lo que más me gusta es el patio, es grandísimo, hay unos columpios que eran de mi papá cuando era niño rodeados de césped, dos árboles y unas pinturas que hicieron mis tíos segundos cuando estaban vivos. Le di a Roman la habitación que tiene ventana hacia la calle, la arreglé antes para cuando llegara. Entró y de inmediato miró cuidadosamente todo. Pasó sus dedos por el borde de la cama y por la mesita de noche.

-Hiciste el intento de limpiar. –Sentenció sin mirarme, olía las sabanas. –Pero está sucio. Sigues siendo una inútil por lo que veo.

-No cambias.

-Sal. –Agarró mi brazo e intentó sacarme, pero no lo dejé.

-Mira tú niño mimado, tú a mí no me vas a hablar así. Sé que eres así con tus padres, con tus profesores y los demás, pero conmigo eso no va.

-Haces mucho ruido.

-Mira Roman, tú no me agradas y yo no te agrado a ti, pero hay que intentar que esto funcione, estarás conmigo mucho tiempo y si te pones pesado, harás de este año un infierno para los dos, así que te propongo que empecemos de cero, seamos amigos.

-No puedo ser amigo de alguien que no sepa limpiar una habitación.

-Limpié tu habitación hace unas horas, la aseé dos veces para que no hicieras ningún comentario negativo.

-Pero fallaste, pensé que ahora que estabas más vieja podrías haber aprendido algo, pero sigues siendo inútil y por cierto, el azul no te va, te hace ver más pálida de lo que ya eres. –Lo fulminé con la mirada. –Te pareces al cadáver de la novia.

Ya entiendo por qué me dijeron que no fuera amable contigo.

-¿Por qué tienes que ser así? ¿Qué ganas con hacer comentarios crueles? ¿Quisieras que te dijera todos tus defectos?

-Yo no tengo defectos.

-Roman. –Inhalé fuertemente, estaba a punto de perder la paciencia. –Te lo pediré una vez más, seamos amigos. Antes nos llevábamos mal porque eras un niño pesado, pero ya estás grande, eres un hombre y espero que hayas madurado un poco.

-¿Tú maduraste a tus veintitrés años en que tiñes tu cabello como si tuvieras quince y por lo visto te la pasas con la profesora más bruta y degenerada que haya conocido en mi vida? –Sentí mucha ansiedad en ese momento. - ¿Alguien maduro y decente andaría con una pareja que me querían devorar con la mirada?

Maldición, se dio cuenta.

-Olvídalos a ellos, no te harán nada.

-Claro que no lo harán, no quieres que me toquen, ¿verdad? –Me miró fijamente y me sentí muy incómoda, odio esa mirada, no la soporto. –Escuché que piensas que soy atractivo, pero no te hagas ideas, jamás me fijaría en alguien como tú, así que pierde las ilusiones.

-Para tener diecisiete tienes exceso de autoestima. Jamás me fijaría en un niñato que solo vive para hacer difícil la existencia de los que lo rodean, ¿es que no tienes nada mejor que hacer?

-Sal. –Esta vez me agarró más fuerte y pudo sacarme.

Maldición, maldición, maldición. Me encerré en mi habitación porque estaba a punto de tirar su puerta y golpearlo con lo que primero agarrara, pero me contuve. Debía salir y despejar mi cabeza, escuché el teléfono fijo sonar varias veces, ese debe ser el idiota de Diego. Él es algo así como mi novio, pero francamente perdí el interés hacia él por varios motivos. Él es dos años mayor que yo y lo conocí en la otra escuela, era hermano de una de las alumnas y lo conocí en una reunión de padres. Él vive bien, es doctor, es atractivo y educado, pero ha hecho cosas por las que cualquiera le hubiese cortado de inmediato, pero sinceramente no lo hice porque me quita el aburrimiento. Mi vida no es precisamente buena, mis únicos dos amigos son pareja y por ende, no puedo andar con ellos todo el tiempo, así que cuando quiero salir llamo a Diego porque no tengo a nadie más con quién salir. Mi vida es patética, estoy consciente de eso.

En Barranquilla celebran los carnavales en febrero, o a veces en marzo, es una fiesta tradicional, que data de 1890 o antes, en que lo indígenas, mulatos y demás, solían hacer grandes fiestas que duraban ocho o diez días, pero ahora duran cuatro días, en que la ciudad está de fiesta y todos beben todos esos días. El malnacido se desapareció los cuatro días y cuando lo volví a ver, me dijo que había estado enfermo, era lógico que mentía, reconozco la conducta de un mentiroso. Varias veces se pierde por días y lo peor es que le molesta que no le reclame, la verdad es que no me importa tanto para hacerlo y mi falta de interés, lo hace enojar muchísimo. Odia que todos los sábados vaya al club de poesía con mis amigos, odia a Mateo porque una vez me besó en una fiesta (fue antes de salir con él). Odia el repudio que siento hacia la tecnología diciendo que soy una desquiciada que se equivocó de época. Me da igual si odia la mayoría de las cosas que hago porque en realidad odio muchas cosas suyas también. Odio su obsesión con el gimnasio, con verse bien, porque me parece lo más vacío e insulso en una persona, cuidarse está bien, pero él lo hace solo por aparentarle a su círculo de amistades superficiales, no me gusta su narcisismo, no me gusta que me agarre la mano, no me gusta que quiera tomarme fotos para subirlas a sus redes sociales, debe entender que no me gustan las fotografías y respetarlo, pero es imposible. Tiene esa absurda actitud hedonista, la necesidad absoluta de subir toda su vida a redes sociales, que todos sepan que cenó con su novia en un restaurante costoso, que sepan que pudo pagar un viaje a San Andrés donde se quedó con las ganas de enseñar el enorme anillo que me compró, porque le dije que no. No puedo casarme con alguien que se toma diez fotos antes de subir una ni con alguien que debe tomarle una foto primero a su comida antes de comer.

Creo que el en el fondo sabe que no lo quiero, pero no dice nada porque me quiere. Sé que me engaña, sé que debe hacer cosas malas, pero aun así sé que me quiere, si no, no toleraría mi indiferencia hacia él ni el que le haya rechazado una propuesta de matrimonio. Él es feliz teniendo una novia bonita a quién mostrar a todos y yo soy feliz teniendo alguna clase de compañía. Mi vida vacía se redujo a eso, a estar con alguien sin amor por simplemente no estar sola y francamente podría buscar a alguien más, pero todos los hombres de mi vida han sido igual o peores que él. Simplemente me harté de estar buscando, sé que dentro de poco terminaré de hartarme de Diego y lo dejaré, y luego estaré sola hasta el fin de mis días.

Busqué en los libros de cocina de mi abuela y encontré uno de recetas saludables, porque el mimado de Roman debe tener un postre en su cena que no tenga azúcar. Así que preparé unos brownies y terminé bastante tarde de hacerlos porque conseguir todos los ingredientes sin azúcar es bastante difícil. Tuve que cambiar la mayoría de cosas que solía comprar en el supermercado solo por un inútil que me sacó de su habitación en la primera media hora de estar en mi casa.

Entonces subí a eso de las ocho de la noche a su habitación, con una bandeja con su cena en mis manos, creo que tenía chocolate en el cabello.

-Roman, ¡traje tu cena! –Pensé que me tocaría gritar y pelear para que abriera, pero lo hizo de inmediato. Tenía un suéter negro y unos pantalones de dormir. No agarró la bandeja de inmediato, sino que se quedó unos segundos analizando lo que traje. Separé los alimentos para que no se mezclaran entre sí, no le eché azúcar sino stevia a sus malditos brownies y le serví leche porque el p minúscula siempre debe beber leche en las noches, cómo que se cree cabra. -¿Puedes agarrar la bandeja? No puedo quedarme esperando a que termines de revisar con lupa lo que hice, tengo cosas que hacer.

La agarró y me di la vuelta.

-Oye, ¿a dónde vas? –Preguntó.

-¿A dormir?

-No, espera. –Puso la bandeja con comida en el escritorio, ya lo había organizado por colores y tamaño, acomodó todos sus libros y esferos de tal forma que quedaran rectos con la ventana. Lo miré sentarse y me recosté en el borde de la puerta. Probó cada cosa que había en los platos y me miró.

-Cocinas muy bien.-Me resultó un poco cómico haber obtenido su aprobación, esperé que dijera que el postre sabía a pies, pero no lo hizo. Sé cocinar, a lo quince hice un curso de dos años con papá de comida colombiana y oriental, también sé de repostería.

-Baja a desayunar a las siete, sé que esa es tu hora. Luego te llevaré a la escuela, pero te dejaré una calle antes porque no quiero que me vean llegar contigo. –Sentencié.

-Bien, como sea.

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