Los días pasaban y mis padres no soltaban la sopa sobre el acuerdo con los Zelaznog, por más que Salomé lo insistía en cada cena que teníamos juntos.
Era mi día libre, y por desgracia el de ella también. Estaba en la casa en el momento en que bajé a desayunar.
La castaña tenía puesta una pijama que por azares del destino seguía detallando su esbelta figura. Se encontraba sentada, esperando a que las sirvientas trajeran el desayuno.
Mi madre también estaba presente, con los ojos metidos en el ce