—Oh, lo siento, Su Alteza —respondí, y me apresuré a buscar su túnica—. Si tiene frío...
—No —interrumpió él—. Voy a asearme y a descansar ahora. Terminé con mi trabajo por hoy.
Mis ojos se abrieron de par en par.
—¿Quiere... quiere que lo asista con el baño?
Me lanzó una mirada fría y mi corazón dio un vuelco.
—No hace falta —dijo con seriedad.
Un escalofrío me recorrió. ¿Había sido una suposición demasiado íntima para hacerla en voz alta?
—Solo prepara la tina y luego espérame afuera.