Mi padre fue el primero en acercarse.
Lo vi avanzar hacia mí con esa sonrisa amplia que siempre había sido tan familiar, tan cálida… tan segura.
Por un instante, todo dentro de mí se quebró.
Habían pasado casi dos meses desde la última vez que lo abracé, dos meses en los que estuve lejos, aislada, sobreviviendo a un infierno del que apenas estaba comenzando a salir.
Cuando sus brazos me rodearon, sentí un nudo formarse en mi garganta. Quería llorar.
Dios… cuánto quería hacerlo.
Refugiarme en él,