—Entonces… ¿por qué tu novio piensa que lo eres?
Sus palabras cayeron sobre mí como un golpe seco.
—Mientes —respondí de inmediato, aunque mi voz no sonó tan firme como hubiera querido.
Él sonrió.
No fue una sonrisa amable… fue de esas que parecen saber más de lo que dicen.
Se apartó de mí con tranquilidad, como si nada de lo que acababa de ocurrir tuviera importancia.
Se levantó de la cama con una elegancia irritante, acomodándose el saco como si estuviera en una reunión cualquiera y no en una