Capítulo: Despedida

POV Gianna

El doctor entró a la habitación y, tratando de mantener la calma, le expliqué lo que había ocurrido, aunque mi voz aún temblaba por lo reciente de la situación.

Mi jefe estaba recostado en la cama, con la toalla anudada a la cintura, su pecho aún húmedo, su respiración irregular, como si luchara contra algo dentro de sí.

Evité mirarlo demasiado, porque el recuerdo de lo que había pasado minutos antes seguía ardiendo en mi mente.

El doctor no hizo preguntas innecesarias; parecía entender la gravedad del asunto con solo observarlo.

Sacó una inyección y, con movimientos rápidos y precisos, se la administró.

Apenas unos segundos después, el cuerpo del señor Dixon se tensó, sus músculos se contrajeron con fuerza, y sin decir una palabra se levantó de la cama para dirigirse al cuarto de baño, como si necesitara escapar de sí mismo.

Me quedé inmóvil, observando la puerta cerrada, con el corazón golpeando con fuerza contra mi pecho.

—¿Qué va a pasarle? —pregunté con un hilo de voz.

—Mejorará —respondió el doctor con tranquilidad, como si aquello fuera algo común para él, aunque para mí todo se sentía fuera de control.

Cuando el señor Dixon salió del baño, ya no llevaba la toalla; se había puesto ropa de dormir, y aunque su apariencia era más compuesta, había algo en su mirada que me hizo tensarme. No era el mismo de antes, o al menos no parecía estar completamente presente.

—Sal de aquí, Giorgianna Monroy.

Sus palabras cayeron como un golpe seco.

Me quedé de piedra, paralizada por la forma en que pronunció mi nombre completo, como si lo hubiera sabido siempre, como si me conociera más de lo que yo creía

No respondí, no pude; simplemente me giré y salí casi corriendo de la habitación.

Al cerrar la puerta detrás de mí, mis manos comenzaron a temblar con más fuerza.

Me apoyé un instante contra la pared del pasillo, tratando de recuperar el aliento.

¿Cómo era posible que supiera mi nombre completo? Pensé que no lo sabía, no un hombre como él.

Ese detalle, pequeño pero inquietante, me dejó una sensación extraña.

Pasaron unos minutos que se sintieron eternos hasta que la puerta se abrió nuevamente y el doctor salió.

 Me incorporé de inmediato, buscando respuestas.

—¿Cómo está mi jefe? —pregunté, intentando sonar firme.

—Mejor. Es probable que no recuerde bien lo que le pasó, ahora va a dormir —respondió con naturalidad.

Tragué saliva antes de hacer la pregunta que me quemaba por dentro.

—Entonces… ¿no recordará nada de lo que hizo estando drogado?

El doctor me miró por un instante, evaluando sus palabras.

—Es muy probable que no.

Un alivio inmediato recorrió mi cuerpo, como si me hubieran quitado un peso enorme de encima. Asentí en silencio y lo vi marcharse por el pasillo, dejándome sola con mis pensamientos.

Me quedé quieta, completamente quieta, como si moverme pudiera hacer que todo volviera a pasar.

 Entonces mi teléfono sonó, sacándome de ese estado. Era Rafaela, la asistente número uno.

Respondí de inmediato.

—Gianna, el jefe me habló. Me contó lo que pasó.

Mi cuerpo se tensó al instante, el alivio desapareció tan rápido como había llegado.

—¿Qué?

—Él está bien. Dice que puedes irte. Te he reservado un vuelo en dos horas, en primera clase. Puedes marcharte de inmediato.

Parpadeé, confundida.

—¿Y el jefe?

—No te angusties, él está bien y volverá mañana en su avión privado. Ahora lo importante es que regreses.

—Lo haré… gracias, Rafaela.

Colgué la llamada con una sensación fría recorriéndome la espalda.

¿Y si lo recordaba? ¿Y si, a pesar de lo que dijo el doctor, había fragmentos que permanecían en su mente?

 La idea me hizo estremecer.

Me imaginé a Kyllian Dixon, el poderoso, el intocable, el hombre que dominaba el mundo de los negocios… recordando que había besado a una simple asistente.

El resultado era claro en mi mente: me destruiría.

Sin pensarlo más, salí casi corriendo. Necesitaba irme, alejarme de ese lugar, de él, de todo lo que había pasado.

***

Volví a la ciudad completamente agotada.

Apenas dormí durante el vuelo, y cuando llegué, el cansancio se mezclaba con una inquietud constante que no me dejaba en paz.

Afortunadamente, era fin de semana, lo que me dio un respiro antes de enfrentar la realidad.

Fui al hospital a ver a mi hermanito. Su pequeño cuerpo en esa cama siempre me rompía el corazón.

La leucemia infantil lo había cambiado todo en nuestras vidas, y mi madre prácticamente vivía ahí, a su lado.

Yo era la única fuente de ingresos, la que mantenía todo en pie desde que su padre lo abandonó sin mirar atrás.

Sonreí para él, ocultando todo lo que llevaba dentro, porque él merecía verme fuerte.

Después de visitarlo, fui a una cafetería para encontrarme con mi novio, Ignacio.

Pero como siempre, ahí estaba ella: Ana, su amiga de la infancia, la de “no tienes nada de qué preocuparte”.

Me senté frente a ellos, intentando ignorar la incomodidad que me generaba su cercanía.

Ignacio me sonrió con entusiasmo.

—Amor, pronto nuestro negocio va a despegar. En unos días voy a conseguir financiación para nuestra empresa de joyas.

Le devolví la sonrisa, aunque algo dentro de mí no terminaba de convencerse.

—Seguro que sí.

Entonces vi cómo Ana tomaba su mano con total naturalidad. Sentí una punzada de celos, pero la contuve. No era el momento, no quería discutir.

Poco después nos despedimos, y me fui con una sensación extraña que no supe cómo nombrar.

***

El lunes llegó demasiado rápido.

Volví a la oficina intentando actuar con normalidad, pero apenas crucé el umbral sentí las miradas sobre mí.

No eran imaginaciones; había algo en el ambiente, algo tenso, incómodo.

Cuando la recepcionista me vio, dudó un segundo antes de hablar.

—Quieren verte en recursos humanos.

Mi estómago se hundió de inmediato.

Caminé hasta allí con el corazón latiendo con fuerza, cada paso más pesado que el anterior.

Cuando crucé la puerta, la licenciada levantó la mirada y me sonrió, pero no era una sonrisa tranquilizadora.

—Pasa, Gianna.

Me senté frente a ella, tratando de mantener la compostura.

—¿Hay algo malo conmigo?

Ella evitó mi mirada por un instante, y ese pequeño gesto fue suficiente para confirmar mis sospechas.

—Lo siento mucho, Gianna, pero… estás despedida.

Sentí como si el mundo se detuviera en ese preciso instante.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
NathalyPobre muchacha, si ella no tiene la culpa que lo hayan drogado
Elizabetta RiverPero porque despidieron a Gianna si ella no hizo nada malo ?
Escanea el código para leer en la APP