Sorprendida, Isadora aprieta las manos blancas y se niega a decir una sola palabra. Es entonces que agacha la cabeza con las mejillas coloradas por la vergüenza.
Una sonrisa irónica se dibuja en los labios del Alastor al ver como la joven está obligada a inclinarse hacia él y entonces un humo espeso sale de sus labios húmedos con burla.
Pasaron unos segundos y el Señor no le dio una orden para levantarse o irse, solo un completo silencio. Isadora trató de mantener la calma pero el hombre es un