Gustavo
Apenas el coche desapareció tras los portones de la mansión, el silencio se apoderó del lugar.
Solo quedábamos yo… y ella.
Me quedé unos segundos observando la expresión de Lívia, que hasta entonces se mantenía contenida, pero en alerta. Había entrado sin mirarme directamente, fingiendo estar distraída, aunque yo percibía perfectamente su incomodidad.
Di unos pasos lentos en su dirección, como un depredador que mide a su presa. El sonido de mis zapatos contra el suelo resonaba en la sa