Jaqueline
El lunes amaneció despejado, pero el peso en mi pecho no se disipó. En la mesa del desayuno observaba a Alexandre mientras hojeaba algunos documentos y daba largos sorbos a su café negro. Su semblante era sereno, casi imperturbable, pero yo sabía que detrás de esa calma había un volcán que, si era provocado, entraría en erupción.
Mientras comía una rodaja de papaya, mi mente regresaba siempre al mismo punto: ¿cómo sería la convivencia de Alexandre con Estevão? Las cosas estaban muy le