Júlio César
No sabía dónde terminaba el cansancio y dónde empezaba la culpa. Solo sabía que, en los últimos días, siempre despertaba con el pecho pesado, como si algo me hubiera golpeado por dentro. Durmiendo cada noche con las palabras de Isadora ardiendo en mi cabeza: “No te perdono, Júlio. Porque para mí… tú ya no existes”. Era como si el dolor emocional se transformara en dolor físico.
Salí de mi oficina y caminé por la *holding* de mi familia sin rumbo, saludando a las personas por reflejo