Isadora no temblaba, no lloraba. No me odiaba en voz alta. Era peor. Simplemente ya no me dejaba alcanzarla. Y eso dolió más de lo que podría haber imaginado.
—No me importa. —Las palabras salieron suaves, sin elevar el tono, pero fueron las más duras que jamás escuché.
—Porque tu arrepentimiento no me devuelve nada. Ni quien yo era. Ni lo que me quitaste.
Me quedé en silencio. Solo podía mirarla a los ojos. Y fue allí, sosteniéndome la mirada con firmeza y sin emoción, que Isadora empezó a hab