Jaqueline
Cuando los ojos de Edgar Nolasco se fijaron en mí, su expresión se transformó. La mirada austera de antes dio paso a una sonrisa genuina y acogedora, como si hubiera encontrado a una amiga de toda la vida.
Comenzó a caminar hacia mí con pasos firmes, pero sin prisa, transmitiendo seguridad y simpatía al mismo tiempo. Sus hijos caminaban detrás de él, observando cada movimiento.
—¡Jaqueline! —dijo Edgar, extendiendo la mano de forma cálida al acercarse—. Es un placer volver a verte, querida.
Le devolví la sonrisa; para mí, el señor que tenía delante no representaba ninguna amenaza.
—El placer es mío volver a verlo.
—Estás muy bonita, querida. El verde te sienta muy bien.
—Gracias. Usted también está muy elegante.
Alexandre observaba con atención cada gesto amistoso. Había algo en la manera en que Edgar se acercaba que transmitía respeto y consideración. Gustavo y Júlio César intercambiaron miradas rápidas entre ellos.
—¡Buenas noches, Alexandre! —lo saludó Edgar con un apret