La puerta del garaje este seguía balanceándose cuando llegamos.
Se movía con el viento de la tarde con el ritmo peculiar e inútil de algo que ya había fallado en su propósito, de un lado a otro, una y otra vez, con la cerradura electrónica abierta donde el sello magnético había sido burlado con una precisión que no podía corresponder a una niña de seis años actuando sola.
Alguien se la había llevado.
Lucian estaba junto a la puerta con el teléfono pegado a la oreja y su cuerpo reflejaba esa qui