El rugido del motor del auto de Carttal era un sonido tranquilizador en medio del silencio de la noche. Sus dedos estaban relajados sobre el volante, pero su mandíbula estaba tensa. Yo lo conocía bien; sabía que cuando estaba así, su mente trabajaba en mil cosas a la vez.
—¿En qué piensas? —pregunté, acomodándome en el asiento del copiloto mientras acariciaba mi vientre.
Él apartó la vista de la carretera por un segundo y sonrió con suavidad.
—En ti. En nuestro bebé. En cómo haré para protegerl