—Bueno, pasó un mes, Michael. ¿Y adivina? Ya no soy virgen.
Él rió. Dio unos pasos atrás y después empezó a carcajearse:
—Estás diciendo eso… para que me ponga celoso, ¿verdad?
Fruncí el ceño:
—Me importa un carajo lo que sientas, Michael. Mi vida es mía y dejo que me chupe quien yo quiera.
—¿Crees correcto que tu padre tenga que convivir con eso?
—¿Con la pérdida de mi virginidad? —reí—. Mi padre sabe que soy adulta y le importa poco a quién le doy. Solo quiere que sea feliz. Y tú deberías hac