Deja de fingir

Maria Fernanda se sentó en la cama, con la mirada fija en un punto cualquiera, totalmente apática. La manzana que tenía en la mano se le cayó, rodó unos centímetros y se detuvo a mis pies.

Irónicamente, la manzana estaba mordida exactamente igual que el tatuaje que ella tenía en el culo.

Dolía. Todo mi cuerpo dolía. Mi corazón dolía. Mi alma estaba destrozada. Y ni siquiera sabía si era por la mentira o porque estaba echando de mi vida a la persona más importante después de mi hijo.

— ¿Me oíste
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