Me lleva del brazo hacia una habitación; parece una oficina. Cierra la puerta detrás de él, asegurándose de que nadie más entre y nos interrumpa. Me suelta de un modo tosco, y fijo mis ojos en los suyos.
—¿Qué quieres hablar conmigo? —digo, tratando de mantenerme serena.
—¿Por qué vinieron? —pregunta. Se queda donde está, no hace ningún intento por acercarse de nuevo a mí.
—No le veo nada de malo a eso, ¿o acaso lo es? —cruzo los brazos contra mi pecho.
—¿En serio piensas que es apropiado que l