ANDREA
Entro a la oficina de la psicóloga, que parece muy acogedora, le echo una mirada rápida al lugar y luego visualizo su figura al fondo frente a un escritorio de cristal.
—Hola, buenas tardes —saludo, deteniéndome a mitad de la habitación.
—No te quedes allí, acércate —me anima a avanzar usando un tono amable.
La psicóloga, Flores, me recibe con una sonrisa sincera. Muchas veces me pregunté, como es que un psicólogo puede ayudar en la mente humana, si muchos de ellos no cooperan o dan por