Cierro la puerta del baño y me arrodillo frente al inodoro, dejando que las arcadas se apoderen de mí. Me siento débil y mareada, y el nudo en mi estómago no parece desaparecer. Trato de controlar mi respiración y espero a que las náuseas desaparezcan lentamente.
Después de unos minutos, me levanto con cuidado y me enjuago la boca en el lavamanos. Me miro en el espejo y veo el reflejo de mi rostro pálido y cansado. Me doy cuenta de que algo no está bien y que no puedo ignorar estos síntomas.
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