Su intimidante presión la envolvió por completo.
Sylvia estaba clavada a la pared. Tenía las manos metidas entre el pecho y, por más que lo intentaba, no conseguía reunir fuerzas suficientes para liberarse.
Se vio obligada a obedecer y no pudo resistirse a él en absoluto.
Pasó un rato, y sólo entonces él liberó sus labios.
Sylvia jadeó con fuerza para tomar aire. Entonces le apartó de un empujón y gritó: "¡¿Por qué me has traído aquí?! ¡Suéltame!".
Le empujó con todas sus fuerzas, pero