Sylvia comprendió al instante lo que ocurría.
Dona no la había enviado a ver a la tía Tonya en absoluto. Quería enviarla a ese hombre gordo de mediana edad.
Michael no tardó en recuperarse y la miró fijamente.
Al ver el bonito rostro y la encantadora figura de Sylvia, entrecerró los ojos y sonrió lascivamente. "¿Por qué corres, Sylvia? Deja que te abrace".
Sylvia resistió las ganas de darle un puñetazo y le gritó: "Diles que abran la puerta. Si no, ¡no me culpes por ser grosera contigo!".
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