Damien Blackwood se encontraba de pie en medio de la sala de estar del penthouse, con el montón de capturas de pantalla impresas apretadas con tanta fuerza en su puño que los bordes del papel le cortaban la palma.
Miraba fijamente las palabras: sus antiguos mensajes anónimos de chat de hacía años, cada confesión a altas horas de la noche, cada promesa obscena, cada vez que la había llamado “mi futura esposa” antes siquiera de haberse conocido en persona.
Su otra mano subió y se presionó con fue