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Más tarde Lauren bajó a cenar, Alan estaba en la sala y escondió su rostro, ambos tenían cara de póker. La tía Greta llegó con su esposo Gino, se dirigió hacia Alan con los brazos abiertos, lo saludó como si tuviera años sin verlo. Lauren estaba incómoda sintiéndose extraña en aquella casa donde seguramente el resto de los Remington la detestaban tanto como los de Chicago. De pronto por la puerta principal entró corriendo una niña de cabello rubio y largo, la pequeña debía tener al menos siete
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