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Lucrecia le llevó el almuerzo a Rolando. Él estaba en el balcón de su casa, se le veía muy triste.

—Le traje su almuerzo. —Con una voz lánguida y sin voltear a mirarla respondió:

—Gracias Lucrecia, pero no tengo ganas de comer. —Ella con preocupación le dijo:

—¿Otra vez perdió el apetito? si sigues así morirás de hambre.

—Tal vez eso es lo que merezco, m

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