Emma estaba sonrojada, era quejumbrosa e increíble, ninguna chica se había quejado nunca al sentirme así, aunque creo que ni yo mismo me había sentido así de duro con una chica.
Nos miramos por un momento y entonces pasó de nuevo, me besó, Emma me besó. Sus labios suaves y cálidos.
Le correspondí. ¿Cómo no hacerlo?
Usé mi lengua para recorrer el interior de su boca, su garganta, su paladar.
¡Dios! ¡Qué delicia de labios!
Rodeé el cuerpo de Emma con mis manos, aprovechando la posición en la que