Nidia asintió.
—Una herida invisible.
Helen dejó escapar el aire lentamente.
—Pero también hay otra posibilidad.
—¿Cuál?
—Que solo sean niñas extraordinarias y yo esté proyectando mis miedos.
Nidia tomó su taza de té.
—En Oriente hay una idea… el hilo rojo del destino.
Helen la miró.