El silencio se volvió denso.
—Si quieres ir a desayunar acompañado a la casa grande —continuó ella—, adelante. Ve. Y lleva a Ailén. — Hizo una pausa mínima, y luego sonrió. No fue una sonrisa amable. —Oh… lo siento —añadió con burla—. No puedes.
Alexander apretó la mandíbula.
—No juegues conmi