76. No puedo dejarlo
76
Gabriel
—¿Tus hijas? —pregunté con incredulidad, sintiendo que el aire me abandonaba.
—Tus hijas están comiendo bajo mi mesa —respondió Foxterrier, aún furioso.
—Soy la dueña de este restaurante —dijo ella, cruzándose de brazos—, así que no me importa dónde coman mis hijas. Lo que no tolero es que alguien venga a hacer escándalos en mi local y les grite a mis niñas. Solo tienen cuatro años.
—¿Cuatro años? —Mis labios se movieron solos, repitiendo en voz alta lo que acababa de escuchar.