—Eso es, querida —escuché su voz susurrar. No, tres voces. Tres hembras. Mi madre adoptiva. Mi madre biológica. Y la Diosa de la Luna.
Cuando abrí los ojos, descubrí que la delgada luna había aparecido de entre las nubes. Un fino rayo de luz brillaba directamente sobre esa pequeña ventana. Mi dolor había desaparecido y había dejado de sangrar. Mi loba ronroneaba de satisfacción, todavía envuelta alrededor de la pequeña vida dentro de mi vientre, pero mi hijo había dejado de retorcerse de dolor.