Por supuesto, no tocaría nada de eso. No solo porque el alcohol era malo para el embarazo, sino porque podría estar envenenado. Me senté, pero no tomé la cuchara, a pesar de que el estofado en verdad se veía y olía muy bien.
—¿No vas a comer? —preguntó el Rey Renegado, ladeando la cabeza. Él ya había comenzado a devorar su estofado con un entusiasmo inesperado.
Me apoyé en el respaldo de mi silla y crucé las piernas.
—No.
Él soltó una risita, luego se puso de pie y rodeó la mesa. Observé có