Ariel no vio venir el puño abierto; si lo hubiera hecho, habría hecho todo lo posible por evitarlo. Pero ya era demasiado tarde.
La mano de la mujer impactó contra su rostro con la fuerza de un rayo cayendo sobre sus mejillas sin previo aviso, y la cabeza de Ariel se sacudió hacia atrás por el impacto, sus oídos zumbando por la fuerza.
Un jadeo recorrió a la multitud; sus bocas quedaron abiertas y sus ojos desorbitados mientras observaban cómo se desarrollaba la escena. Nadie lo esperaba, ni si